Soy David García, alias el nudista emprendedor, y hoy he venido a hablar de mi libro.
📅 Cada miércoles hay post. ⏰ ¿A qué hora? Pues depende de lo ocupado que este esa semana.
El 4 de octubre de 2025 volví a presentar Mi madre no me quiere.
Esta vez no fue en una librería impersonal de una ciudad grande. No fue ante una audiencia anónima que vino porque vio un cartel en Instagram.
Fue en el bar de Tere. En Benarrabá. En el que fue mi pueblo por unos meses.
Delante de 50-60 personas que me ven cada día por la calle. Que me saludan por mi nombre. Que saben quién soy.
Y eso lo cambia todo. Hay un antes y un después de ese momento, aquí me voy a centrar en el durante.
Cómo llegué a Benarrabá
Llegué a este precioso pueblo de la Serranía de Málaga a través de ROORAL, para hacer un voluntariado en un coliving.
En septiembre y octubre siempre me gusta irme fuera a la aventura. Filipinas, México, o cualquier lugar que me saque de mi zona de confort y me permita reinventarme otra vez.
Pero este año el destino tenía otros planes para mí.
Me quedé aquí. En este pueblo de 500 habitantes. Y algo pasó.
Desde aquella primera cena, en el bar de Tere, sabía que un pedacito de mi corazón iba a quedar en Benarrabá. Y en la gente de Benarrabá.
Benarrabá me ha hecho sentir querido. Aceptado. Como si fuera uno más desde el minuto uno.
Y eso me ha ayudado a ser yo. A abrirme a dar y recibir amor de una forma que no había experimentado antes.
La preparación
Kristel del coliving me diseñó un cartel precioso para la presentación.
Durante la feria de San Miguel, las fiestas del pueblo, le conté al alcalde que iba a hacer la presentación. Cuando le dije el título del libro, Mi madre no me quiere, vi en su cara que se quedó con dudas. Con preguntas. Con curiosidad sobre qué iba a contar.
Unos días antes de la presentación quedé con él en su tienda (por las mañanas es alcalde, por las tardes tendero) y le pasé el discurso completo que había preparado. Porque él no iba a poder estar ese día y quería que lo leyera.

Al día siguiente, el 3 de octubre, me envió un mensaje que nunca voy a olvidar:
«Benarrabá sí te quiere»
Se me saltaron las lágrimas.
Desde entonces siempre he tenido ganas de escribir algo y ponerle ese título, y hoy por fin lo estás leyendo. Porque en esas cuatro palabras está todo lo que necesitaba escuchar.
El día de la presentación
El bar de Tere se llenó.
Entre 50 y 60 personas. Muchas no habían leído aún el libro, pero estaban allí. Porque me habían conocido durante las fiestas. Porque les causaba curiosidad. Porque en los pueblos pequeños, cuando alguien hace algo, el pueblo entero aparece.
Empecé mi discurso dándoles las gracias por su tiempo. Porque si hay algo valioso en esta vida, es el tiempo. Y ellos me estaban regalando un pedacito del suyo.

Les conté quién soy. O mejor dicho, les conté lo que Lola, la hija de cuatro años de uno de mis mejores amigos, le dijo a su abuela este verano:
«David era el patito feo. De pequeño ni su mamá ni sus amigos lo querían porque los patitos son amarillos y él era un patito negro. Pero cuando se hizo mayor, David se convirtió en un cisne»
Les expliqué por qué escribí el libro. Y por qué ese título.
Y entonces llegó el momento de hablar de las palabras que me dijo mi madre.
«No tendrías que haber nacido»
Aunque las he dicho mil veces. Aunque las he escrito. Aunque las he procesado en terapia y en conversaciones y en noches sin dormir.
Decirlas en voz alta, delante de mi pueblo, todavía duele.
Se me puso un nudo en la garganta. Tuve que parar. Respirar. Seguir.
Les conté cómo en aquel momento sentí como si me clavaran cien cuchillos en el corazón. Cómo perdí el control y rompí el cristal de una puerta de un puñetazo. Cómo todos creyeron lo que mi madre contaba y se pensaron que yo era un delincuente juvenil.
Y cuando levanté la vista después de contarlo, vi que la gente me miraba con algo que no era lástima.
Era como si me estuvieran animando a seguir sin palabras.
La estrella que no estaba
Luego llegó el momento de hablar de mi abuela.
Unos días antes de la presentación tuve un momento muy emocional en Benarrabá. Comí un plato de patatas fritas con huevo. Y ese plato me recordó a ella.
Mi abuela materna, la que ya no está.
Cuando pienso en ella, busco estrellas en el cielo. Es mi forma de sentir que sigue ahí, acompañándome.
Pero esa noche no había estrellas. El cielo estaba vacío.
Al principio me puse triste. Sentí que me estaba dejando solo. Pero luego pensé algo que me dio paz:
Quizás no había estrellas porque Benarrabá era el sitio correcto. Y al saber que estaba bien, ella se había ido a descansar en paz.
Cuando conté esto en la presentación, me rompí.
Otra vez.
Y otra vez, el pueblo me sostuvo.

Lo que pasó después
Terminé la presentación entre aplausos, abrazos y conversaciones.
Gente que vino a contarme sus propias historias. Que se vieron reflejados en la mía. Que me agradecieron haberme atrevido a desnudarme emocionalmente delante de ellos.
Vendí todos los libros que había llevado (unos 20). Y le dije a la gente que si querían más, me enviaría otros la semana siguiente.
Pero más importante que eso: dejé de ser invisible en el pueblo.
Toda mi vida solo quería tener un poder: el de ser invisible. Un tiarrón como yo al que se le distingue desde lejos solo quería dejar de ser visto.

Dejar de ser visto especialmente por mi madre.
Pero en Benarrabá pasó algo diferente. No quería ser invisible. Quería ser visto. Quería compartir mi historia.
Y cuando lo hice, el pueblo no me rechazó. Me abrazó.
A partir de ese día, la gente me saludaba diferente. Me miraba diferente. Como si me conocieran de verdad.
Y gracias a eso, una amiga que trabaja como profesora en el centro penitenciario se enteró de mi libro. Y unas semanas después, me invitó a presentarlo en la cárcel.
De «Mi madre no me quiere» a «Benarrabá sí me quiere»
Escribí este libro desde el rechazo. Desde el dolor de no haber sido querido por la persona que más debería haberme querido.
«Mi madre no me quiere» no es solo el título. Es la herida de origen. La grieta que me rompió cuando era niño.
Pero Benarrabá me ha enseñado algo:
Se puede volver a empezar. Se puede volver a sentir. Se puede volver a pertenecer.
Este pueblo me ha hecho sentir que pertenezco. Que soy visto. Que soy querido.

Agradecimientos
Gracias a Kristel Peijnenborg por el cartel que hizo con tanto cariño.
Gracias al bar de Tere (por acoger mi historia entre sus paredes y por darme de comer (casi) cada día.
Gracias al alcalde por ese mensaje que me rompió en el buen sentido.
Gracias a ROORAL por traerme a este lugar y a mis compañeros que me alegraron con su presencia y me compartieron sus fotos para poder compartirlas.
Y gracias a Benarrabá. Por quererme. Por hacerme sentir que pertenezco.



