Nudismo Emprendedor Vol. 4: Mi fracaso como mentor en Filipinas

Bienvenido a Nudista Empredor, publico esta serie todos los miércoles.
¿A qué hora? A la que me dé la gana. Porque si algo me prometí al emprender fue no cambiar un jefe por un calendario que me esclavizara igual.
Así que aquí estoy: compartiendo sin corbata, con piel y propósito.

El plan perfecto (que no era tan perfecto)

Tengo un buen amigo filipino, criado en Estados Unidos, que después de hacerse rico decidió jubilarse en su país natal. Pero lo de descansar no va con él. Tiene varios negocios en marcha: una empresa científica (Poseidon Sciences) que prueba desde repelentes de mosquitos hasta otros productos para clientes mundiales, un restaurante japonés con uno de los jardines más bonitos que he visto en mis viajes (Sulu Garden), una fundación con proyectos sociales y ecológicos, y un e-commerce con su propio remedio anti-acné en polvo (Ifrenel).

Durante un tiempo colaboramos. Después dejamos de hacerlo. Hasta que, meses más tarde, me llamó desesperado: su nuevo webmaster había migrado TODAS sus webs a un hosting (lo peor es que no era ni barato) sin seguridad ni backups. Resultado: malware hasta en el favicon.

Le salvé el marrón. Y desde entonces me ocupo del mantenimiento digital de todo su imperio… y de recordarle que algunas webs son bombas de relojería que fueron credas con sistemas punteros allá por 2012.

Aquí fue donde se me encendió la bombilla: «¿Y si voy unos meses a Filipinas a formar a su equipo y dejar de ser el ‘chico para todo’?»

Plan perfecto: escapar del invierno europeo y huir del posible terremoto emocional que fuese publicar mi libro. Él dijo sí. Compré vuelos. En pocas semanas estaba allí.

La realidad filipina

Lo que me encontré fue un choque cultural que no esperaba:

Todo eran síes educados, pero nadie ejecutaba nada hasta que ardía la casa. Si preguntaba «¿sabéis hacerlo?», decían que sí. El día de entrega: «no, ¿me das más tiempo?»

Se quejaban de estrés, pero yo veía llegadas tarde, almuerzos eternos y salidas anticipadas. El «deadline» era una sugerencia. De hecho, cuando llegué eran 4 personas en el equipo, y cuando me fui eran 2 (y las 2 sacaban el mismo trabajo que cuando eran 4).

El ritmo era diferente: Filipinas edition. Lento, flexible, sin culpa. Si algo tenía un deadline, se cumpliría de 2 semanas a 2 meses más tarde. Y nadie se sentía mal por no entregar a tiempo.

Un tipo de marketing que desconocía

Me centré en Ifrenel, el e-commerce, porque era lo más tangible y creo en la calidad del producto.

Los números al desnudo me dejaron helado:

  • Leads a 100 pesos (1,40 €)
  • ¡Una venta cada 200 leads!
  • Es decir: más de 200 € por vender un producto de 11 €


Y tan tranquilos, porque «en enero funcionaba». Estábamos en octubre.

Cuando mostré los datos me dijeron: «la culpa es del algoritmo». (Ya sabéis: el pobre algoritmo, culpable universal desde 2016)

Pero lo peor era su marketing de desesperación: a cada lead que no compraba, lo freían a mensajes durante días. Ratio: si te le enviabas 1 respuesta, ellos te enviaban mínimo 10 mensajes.

Y eso era su sistema. Creo que no ibamos encaminados a crear una marca de lujo que quisiera ser deseada (que era lo que marcaba el briefing).

El laboratorio de Meta Ads

Propuse cambios. Campaña nueva. Público nuevo. Copy con dolor real.

¿Sabes cuál funcionó? Dirigido a madres preocupadas por la autoestima de sus hijos. (Sí, quizás algo aprendí escribiendo «Mi madre no me quiere» 😅)

Resultados:

  • 10 ventas con 17.000 pesos invertidos
  • Lo que más se vendía era un producto premium de 1.500 pesos = algo de aire fresco
  • Y varios pedidos más que descartamos por verificación (hay que ir con lupa en Filipinas)
  • Seguíamos sin ser rentables pero redujimos el coste por venta un 91,5%.

El final no tan feliz

A pesar de los resultados, me encontré con:

  • Me cuestionaban más a mí que a su propia estrategia fallida
  • Cualquier intento de eficiencia chocaba con familiares que tenían que seguir «haciendo cosas»
  • La persona encargada del marketing invertía más tiempo en buscar mis fallos que en hacer su trabajo
  • No dejaba de culpar al algoritmo de todas sus desgracias
  • Mi amigo lo veía todo… pero no le daba importancia. Si eso no funcionaba, ya inventaría otro negocio

 

Me di cuenta de que había ido a ayudar a gente que no quería ser ayudada.

Las señales que debí ver antes

Cuando reflexiono, había varios indicadores:

  • El ritmo slow de Filipinas ya no era válido para el mochilero que llegó al país en 2019
  • Los apagones cada fin de semana (aunque en casa de mi amigo se vivía como en el primer mundo con generadores y Starlink)
  • La diferencia horaria me implicaba posponer reuniones por no poder conectarme en las tardes de España
  • Me di cuenta de que me llevaría el doble o triple de tiempo llegar a donde quiero llegar
  • A nivel personal, estaba repitiendo un patrón

 

La moraleja nudista

No puedes cambiar a quien no quiere cambiar. Y no puedes mentorear a quien te dice que sí por educación, pero actúa por inercia.

Así que a mitad de febrero me compré un vuelo de vuelta y decidí volver a España. Justo a tiempo para el cumpleaños 72 de mi padre, el 99 de mi abuela, y para empezar a trabajar con un mentor que sí me va a ayudar a llegar donde quiero.

Spoiler: el invierno del que suelo huir no había acabado. Pasar de 40 grados a menos de 10 de máxima me dejó KO un par de días… pero más claro que nunca.

Lo que me llevé

Este fue mi fracaso en Filipinas. Uno de esos que, con el tiempo, se convierte en gasolina.

Ahora sé que mi energía está mejor invertida ayudando a emprendedores digitales que quieran ser ayudados. Porque la diferencia entre querer aparentar que quieres cambiar y querer cambiar de verdad es abismal.

Y esa diferencia marca todo.

¿Has vivido alguna experiencia similar donde quisiste ayudar a alguien que no quería ser ayudado? Me encantaría leer tu historia

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